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“Nunca dejé de soñar”: la vida de María Molina, entre la tierra, la enseñanza y la tradición

María Molina Inostroza, nacida en 1943 en Afquintúé, Loncoche, es una de las figuras fundamentales del folclore en la región de La Araucanía. Creció en una familia de cantores, rezadores y cultores, donde —como ella misma recuerda— “todo lo aprendí en mi casa”, marcada por la figura de su padre, santiguador y cantor, y por la voz “tan hermosa y suave” de su madre. En ese entorno, la música, la espiritualidad y la tradición no eran algo externo, sino parte de la vida cotidiana, una raíz que daría sentido a todo su camino.

Desde niña, mientras caminaba kilómetros para llegar a la escuela rural y cruzaba potreros, comenzó a imaginar su futuro. Mirando la cordillera, se repetía que quería ser profesora, soñando con recorrer el territorio enseñando, “Yo soñaba ser profesora… yo miraba la cordillera de los Andes y decía: ‘Voy a ser como la Gabriela Mistral… voy a ir enseñándole a los niños por todas partes’”. Ese anhelo, lejos de ser pasajero, se convirtió en una convicción profunda que la acompañaría toda la vida.

Sin embargo, su camino no fue directo. Al ingresar a la Escuela Agrícola Femenina, sabía que no seguiría la vía tradicional de la docencia. Aun así, orientó su formación hacia la extensión agrícola, acercándose a comunidades y comprendiendo que lo humano era tan importante como lo técnico. Incluso en ese proceso, mientras realizaba su práctica en terreno —muchas veces a caballo— sentía que su vocación seguía intacta. “Nunca dejé de soñar… yo andaba haciendo mi práctica, pero mi alma quería enseñar”.

Ese deseo encontró su cauce en la alfabetización campesina, donde no solo enseñó a leer y escribir, sino que abrió oportunidades y transformó vidas. “Creo que ese fue uno de los trabajos más grandes y hermosos de mi vida… fue como ese sueño cumplido de alguna forma”, recuerda, reconociendo que, aunque no siguió la vía tradicional, llegó a la enseñanza desde un lugar incluso más profundo y necesario.

Paralelamente, la cultura heredada desde su familia siguió siendo un pilar fundamental. Para María, el folclore no es solo una expresión artística, sino una forma de vida. Por eso, al formar conjuntos en sectores campesinos, amplió la mirada sobre quienes sostienen la tradición, entendiendo que no se trata solo de cantores, sino de cultores: personas que resguardan saberes, prácticas y sentidos más profundos.

Esa visión también marcó su relación con la academia. Si bien se formó y perfeccionó en espacios formales, nunca dejó de diferenciar entre el conocimiento aprendido y el vivido. “En la academia encuentras conocimiento, pero fuera de ella está el folclore vivo”.

Esa “savia”, como ella la llama, es la que da sentido a todo: permite que la cultura no sea estática, sino una expresión en constante transformación, pero siempre enraizada en lo profundo.

Hoy, después de décadas de trayectoria, María sigue enseñando. No por obligación, sino por convicción. Porque en los niños encuentra la continuidad de todo lo que ha construido. “Para mí los niños son el más grande tesoro… sembrar en ellos es lo que más alegría le ha dado a mi alma”.

Y aunque mira su recorrido con satisfacción —sabiendo que logró enseñar y llevar el canto del niño chileno más allá de las fronteras— aún siente que hay algo por hacer.
“A mí me gustaría dejar registradas esas cuecas de 52 compases de la región de La Araucanía, que han quedado en el olvido tras la estandarización de la cueca de 48 compases. Siento que ese sería, de alguna forma, lo que aún me falta por entregar, lo que quisiera dejar como legado. Porque uno nunca siente que es suficiente, que nunca es demasiado. Pero, aun así, me siento contenta… satisfecha. Sobre todo, porque pude llegar a la docencia, logré enseñar y llevar el canto del niño chileno más allá de nuestras fronteras. Y todo eso, realmente, me hace muy feliz”.

En esa búsqueda constante, su historia se sostiene sobre una certeza simple y profunda, nunca dejó de soñar, y en ese sueño encontró su manera de enseñar, de vivir y de trascender.